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sábado, 2 de mayo de 2020

La oportunidad de confinarse con un hijo adolescente

Fuente de la imagen: Pixabay

Al comienzo de la cuarentena no viví esta convivencia intensiva con mi hijo como una oportunidad, sino como una época difícil, que a veces me desbordaba.  
         Recuerdo los primeros días, cuando impusimos normas sobre control de tiempo ante las pantallas, que en estos momentos le absorben. Normas sobre tiempo de trabajo escolar, sobre el reparto de tareas domésticas, sobre actividad deportiva. Ese movimiento generó muchas tensiones entre nosotros, agudizadas seguramente por la presencia continua. Y no se aliviaron hasta que pasamos a escuchar sus necesidades, a dialogar y negociar juntos la organización, dándole su lugar como una persona que ya no es un niño. Escribir los acuerdos finales y las consecuencias de su incumplimiento, para publicarlos después en el salón sí fue un acierto, para no discutir a cada rato lo establecido. Pero dejando la opción de revisarlas. 
         Él tiene un cartel en su puerta que reza: "Necesito un pestillo ya". Y aunque no se lo hemos puesto, nos expresaba con su comportamiento que le hacían más falta que nunca espacios de intimidad inviolables, en esta permanente convivencia forzada. Así que nos comprometimos no sólo a llamar y esperar permiso para entrar, sino a dejarlo solo siempre que lo pidiera. 
         De Antonio Ríos, que es un estupendo psicólogo con recursos de monologuista, aprendí la importancia de escuchar a nuestros adolescentes cuando deciden compartir algo con nosotros, y de hacerlo en ese mismo instante, porque son momentos insólitos y por tanto preciosos, y ellos se retraen si los dejamos para después. Así que cuando me abre su mundo de series de anime o compañeros de videojuegos me paro donde esté a escuchar con atención. Y cuando me pide un abrazo mientras estoy teletrabajando dejo todo lo demás. De otras madres más veteranas he aprendido a intentar disfrutar de esta etapa, que como las otras, también se vuela. 
          Ensayamos, un poco a ciegas, cómo acompañar mejor a este adolescente, desde lo que él realmente necesita, en esta etapa en la que se está construyendo. Y hay experimentos que nos están resultando. A modo de cineclub, cada noche elige un miembro de la familia una película que quiere compartir con los demás, y así descubrimos mundos en el interior de los otros, que están tan cerca pero tan lejos. También juego con él a alternar nuestras canciones preferidas: él escucha una mía y luego yo una suya. Y algunas las añado a mi lista de reproducción. Le hablamos abiertamente de lo que está sucediendo, en los distintos ámbitos, preguntándole su opinión. Comentamos sus dificultades para organizarse y centrarse en el aprendizaje digital, pero ya no intento convencerle para usar mis estrategias, como al principio, sino que investigamos cojuntamente las causas y las alternativas. Hemos hecho juntos ejercicio físico. Y compartimos las bromas que circulan por las redes para encontrar complicidad en la risa. 
         En las últimas semanas me he centrado más en lo emocional. En lugar de intentar mantenerme animada, me rindo a las emociones que me trae cada día: alegría, tristeza, sorpresa, desazón. Y eso incluye también afrontar la frustración  y el enfado con mi hijo que me ha atrapado otras tardes. Las transito, las bailo, las escribo para descubrir lo que me dicen sobre mi. Porque es verdad que siempre muestran más sobre nosotros que sobre los que supuestamente nos las provocan. Y me cuesta. Pero persisto. Pienso que esto será el amor... Compruebo que, cuando más me asomo a las emociones que su comportamiento hace resonar en mi, y más las miro a la luz de mis conflictos y mi historia, menos rabia me ciega. Y sólo cuando consigo esa relativa calma puedo aplicar otros trucos, como contestar con humor a sus salidas de tono, en lugar de tomármelo todo tan en serio y entrar una y otra vez en polémicas estériles. 
         En ese camino de entendimiento, redescubro que una emoción fundamental para construir la resiliencia es la gratitud. Y empiezo a ser capaz de agradecer la oportunidad que estoy viviendo con mi hijo de aprender sobre él y sobre mi misma, aunque no siempre pueda vivirlo así. 
          





sábado, 28 de marzo de 2020

¿Qué has aprendido en estas dos semanas?


Mi hermana ha empezado a lanzar a sus amistades una pregunta que me parece que ilumina estos tiempos de incertidumbre: ¿qué has aprendido en estos días de confinamiento? Toda crisis encierra una oportunidad, y es crucial con qué mirada la afrontemos, en qué centremos nuestra energía. Yo quiero colaborar en esa cadena de crecimiento, así que comparto con vosotros mis aprendizajes y os pregunto lo mismo.
En estas dos semanas he aprendido herramientas digitales: convoco videoconferencias por Zoom, disfruto multi llamadas con mi familia, creo buzones en todos mis correos... Para mi es importante porque lo digital me había generado hasta ahora mucha inseguridad. He vuelto a cocinar, y me he sentido tan orgullosa del primer puchero, de las primeras lentejas sabrosas... y he disfrutado del olor y la textura de los alimentos que voy cocinando. Ordeno lo que antes postergaba por falta de tiempo. Estoy realizando más ejercicio físico que nunca, y además lo comparto con mi hijo. Tengo más contactos con la familia que antes, expresando además cómo nos sentimos, y con amigas con las que quedaba muy de vez en cuando me encuentro ahora cada viernes en un "videocafé" que calienta el corazón. Me paro a decidir si empiezo haciendo lo urgente o lo importante, y casi siempre me decido por lo segundo, aprovechando que ahora las urgencias se relativizan.
Fuera de mí también intuyo movimientos que pueden ayudarnos a crecer. Muchos nombran la solidaridad que brota en todas partes. Yo veo también sinergias que antes parecían improbables: la cooperación del ejército con los pueblos independentistas, de las entidades públicas con las privadas... Esta situación está mostrando los riesgos de la deslocalización de las empresas, y a las nacionales las está enseñando a adaptarse creativa y rápidamente a la demandas. En educación este encierro nos está obligando a esa capacitación digital docentes que tantos hemos estado tomando sólo a sorbos, con desconfianza, pero que nos acerca a este alumnado nuestro del siglo XXI. Y quizá más importante aún, nos puede llevar a reflexionar sobre cuáles son los aprendizajes fundamentales y significativos, con los que nuestros alumnos deben terminar este curso para afrontar el siguiente. Intuyo que la respuesta nos va a acercar a las competencias claves.
Pensar y expresar todo esto me ayuda a sentirme más abierta que encerrada, más conectada al mundo que nunca. Por eso te animo a compartir esta pregunta en tu entorno: 
¿qué has aprendido en estas dos semanas?


lunes, 9 de diciembre de 2019

Eugenia Jiménez Gallego, orientadora: “Empaticemos no sólo con los alumnos/as, sino también con las familias”

Entrevistamos Eugenia Jiménez Gallego, actual coordinadora del área de Orientación Vocacional y Profesional del ETPOEP de Cádiz y colaboradora habitual de Colectivo Orienta. Eugenia cuenta con una larga trayectoria en nuestro campo y es además una importante impulsora del enfoque sistémico de la orientación educativa
¿Cómo llegaste a la orientación educativa? Cuéntanos algo sobre tus inicios y trayectoria como orientadora.
Estudié Psicología en Sevilla. El último curso estuve realizando prácticas con asignaturas relacionadas con la Psicología de la Educación y este campo me enamoró. Además, yo había sufrido personalmente las consecuencias de no tener orientación en el instituto: cuando decidí estudiar mi carrera no encontré quién me informara y al final el profesorado, desde su desconocimiento, me encaminó hacia una opción de COU incorrecta, que finalmente cambié tras el primer trimestre. No me parecía justo que otros estudiantes tuvieran que sufrir ese desconcierto, y creía que yo podía ayudar. Me presenté a las oposiciones y las aprobé: era la tercera promoción, todo lo estábamos inventando y eso también me parecía ilusionante. Así llegué a mi instituto, el IES “Isla de León” de San Fernando con todas esas ganas y ninguna experiencia. Era mi primer trabajo. Durante veintitrés años he estado  allí como orientadora, aportando el enfoque sistémico y la educación emocional, aprendiendo mucho de mis compañeros y del alumnado. Este verano me ofrecieron la Coordinación del Área de Orientación Vocacional en la Delegación Territorial de Cádiz y ahora desarrollo la orientación de otra manera, sosteniendo el trabajo de mis compañeros/as.
¿Qué parte de tu trabajo en orientación te gusta más?
La verdad es que me gusta casi todo. Me entusiasma la orientación vocacional, tanto colectiva como individual: abrirle los ojos al alumnado a nuevas posibilidades y acompañarlo en la toma de decisiones. Me gusta el trabajo de equipo con los tutores/as, buscando juntos responder a las necesidades de sus grupos, a la vez que el tutor/a va creciendo como persona y profesional. Me motivan las reuniones con el equipo directivo y el ETCP, porque es donde siento que podemos ir cambiando la cultura del centro y por tanto dar respuestas estructurales y preventivas. Me atrae la evaluación psicopedagógica porque la vivo como una investigación en la que voy planteándome hipótesis y recopilando pruebas… Y me emociona el contacto directo con los chiquillos y sus familias, donde conectamos unos con otros y yo he aprendido mucho.
¿En qué aspectos crees que puede mejorar la orientación educativa? ¿Cómo podría lograrse? 
Creo que es fundamental mejorar las condiciones de trabajo: ratio orientador/alumnos, freno a las imposiciones de muchos equipos directivos de asignarnos docencia, Jefaturas de Departamento aseguradas para los orientadores con el fin de poder participar en los ETCP o los Equipos de Tránsito… Es decir, tener nuestro horario disponible para nuestra labor, en los espacios necesarios. Mejorar la formación inicial: opino que en nuestro ámbito es especialmente necesario un MIR educativo, con suficiente tiempo de prácticas supervisadas por profesionales destacados, porque somos los que asesoramos a los demás y eso no se puede improvisar. Y después, mejorar la coordinación y el apoyo mutuo entre los profesionales de Secundaria, con una estructura parecida a la de Primaria de coordinador zonal oficial y reuniones periódicas. Tenemos que avanzar hacia el trabajo colectivo de creación de materiales, en lugar de inventarlo todo en soledad, y hacia el acuerdo en los modelos de intervención para darle a nuestra labor fundamento y credibilidad ante los demás.
Seguro que de tus años en orientación educativa, guardas algún recuerdo especial sobre un centro, proyecto, grupo de alumnos… ¿Cuál te animas a compartir con los lectores de Colectivo Orienta? 
Estos últimos cursos he estado desarrollando un programa de Educación Emocional con el alumnado de primer ciclo de ESO, desde un taller en las horas de libre disposición del instituto. El enfoque era muy vivencial, por lo que, aunque tenía una programación prevista, era respetuosa con el emergente que surgía del grupo, con lo que a los chiquillos les tocaba en ese momento, ya fuera un duelo, la rabia con un profesor o con sus padres, enfrentarse a un desamor, la ansiedad ante los exámenes…  Además, conseguimos que el centro cediera un espacio para convertirlo en Aula Emocional y lo amueblara para ello. Y que otros profesores, incluido el Director, se implicaran en un proceso de autoformación colectiva permanente en este tema, a través de un grupo de trabajo también vivencial, para poder impartir estos talleres, que no quedaran como una iniciativa de Orientación, sino una línea del Proyecto Educativo. Con esta experiencia sentí que respondíamos a las necesidades genuinas de nuestros adolescentes, que nunca querían perderse esta clase. Y que actuábamos por programas de forma colectiva y preventiva, en lugar de centrar la actuación en entrevistas individuales cuando los problemas se desbordaban. Me supuso todo un reto y a la vez muchas satisfacciones.
Y para terminar, te pedimos que actúes como orientadora. ¿Qué le recomendarías a una orientadora u orientador que está empezando en su trabajo? 
Procurarse formación sistémica para aprender a tomar su sitio, a crear un contexto de colaboración con los demás profesionales, a analizar las demandas que le llegan y a reelaborarlas. Conectarse con los profesionales de su zona para compartir con ellos sus dudas y para participar en el intercambio de material o en la creación colectiva. Valorar suficientemente el trabajo de sus compañeros/as docentes y pararse a conocer la cultura del centro en el que trabaja antes de intentar intervenir en él. Programar las tutorías junto con los tutores/as desde el análisis real de necesidades de cada nivel y cada grupo, no fundamentalmente desde las efemérides o desde un diseño estándar. Empatizar no sólo con los alumnos/as sino también con las familias, intentando entender desde dónde parten. Y evaluar de forma sistemática y colaborativa las actuaciones, para saber en qué dirección reorientarse.

viernes, 19 de mayo de 2017

Lo que les importa de verdad a los adolescentes

La revista Aula de Secundaria, de la editorial Graó, publica en su número 22 de este mes de Mayo, una entrevista en la que me preguntan por el trabajo en las clases de Inteligencia Emocional y de Psicología. La verdad es que no me esperaba que me entrevistaran, pero me alegro de haber accedido,  porque creo que hay que divulgar estas experiencias, animar, provocar el contagio. Porque cada día compruebo que los adolescentes necesitan urgentemente aprender sobre las emociones y sobre su lugar en su familia y en su mundo, y ellos expresan que estos temas son los que de verdad les importan. Agradezco mucho a Lourdes Martí, la entrevistadora, que haya sido respetuosa con el espíritu de lo que yo le he contaba, que, como no podía ser de otra forma, está impregnado de visión sistémica. Y al leerla, podréis percibir el entusiasmo que de verdad siento por estas clases, que se han convertido en algo muy importante para mi. Por eso, quiero dar las gracias a las personas que han colaborado en mi formación, a las compañeras que han compartido conmigo sus ideas y recursos, al alumnado con el que tanto he aprendido. 


lunes, 21 de noviembre de 2016

Caminando juntos

Cuadernos de Pedagogía , Nº 472 , 01 noviembre 2016 , Editar Wolters Kluwer
Columna: DESDE MI SITIO.  
En varios centros que conozco nos estamos aventurando por un nuevo camino: la formación y el trabajo conjunto de los que nos sentimos atraídos por la educación emocional. Nos preparamos también a través de cursos, pero sobre todo mediante grupos de trabajo experienciales, porque pen samos que para poder abordar este aspecto con los adolescentes necesitamos vivirlo nosotros primero. Porque sentimos el vértigo y la responsabilidad de trabajar con seres humanos en crecimiento, e intuimos que nos faltan herramientas. Porque estamos convencidos de que invertir en nuestro equilibrio personal va a redundar en un mejor servicio a los estudiantes. Así que nos reunimos para explorar nuestras emociones; conectar con nuestros olvidados cuerpos a través de la música, la relajación y el movimiento; centrar nuestras agitadas mentes con la meditación; probar la mediación en nuestros propios conflictos y cuidar cómo habitamos el puesto de cada uno. En este último punto –tan importante para mí que le ha dado nombre a esta columna–, nos puede ayudar una valiosa enseñanza de Angélica Olvera, pionera de la pedagogía sistémica: los “indicadores para detectar cuándo nos salimos de nuestro sitio”. Porque, como ella explica, los docentes vocacionales tendemos a ocupar demasiado espacio, invadiendo el de los otros, sean padres o compañeros. Por eso, cuando notemos que estamos agotados, que no nos sentimos reconocidos, que fantaseamos con estar en otro lugar, podemos parar un instante para mirar hacia dentro. Y quizá entonces descubramos que, además de las presiones exteriores que sufrimos, también hacemos tareas que no nos corresponden y no nos han pedido. O juzgamos que los demás deberían comportarse según nuestros principios, y eso nos tiene descontentos y frustrados.
En esto andamos, como tantos docentes que han descubierto que quieren caminar juntos, creciendo para poder acompañar a sus alumnos y alumnas. Con ilusión, sí. Con miedos, también. Como la misma vida.


lunes, 3 de octubre de 2016


Cuadernos de Pedagogía, Nº 471, 1 de oct. de 2016
DESDE MI SITIO
La mente a su favor
Eugenia Jiménez Gallego Orientadora de Secundaria
y profesora de Educación Emocional.


Cada vez que observo a un estudiante esforzándose mucho con poco rendimiento recuerdo las investigaciones que nos muestran cómo enseñar a los estudiantes a usar la mente a su favor.
A los alumnos les pregunto directamente si saben que están maltratando su cerebro. Porque este precioso órgano recuerda mejor un texto cuando lo convierte en imágenes mentales y también cuando genera preguntas sobre él. Pero repetir machaconamente frases sin sentido aburre soberanamente y además maltrata esta potente herramienta. También recuerdan mejor cuando conectan los contenidos con emociones: cuando le buscan el lado divertido a la biología, el drama a las batallas, el romanticismo a la literatura. Y cuando piensan en usos reales para lo que estudian o aprenden inglés hablando entre amigos. Otra cuestión es que los más esforzados tienden a estudiar hasta que el cuerpo aguante, sin incluir los necesarios descansos con actividad física ligera y algún bocadito que mande glucosa a las neuronas. Para las épocas de exámenes, lo recomendable es practicar en casa el tipo de prueba a la que se van a enfrentar y usar técnicas de meditación y visualización, como las que usan los equipos de fútbol para fomentar el éxito. Estos descubrimientos ayudan a los estudiantes, pero también pueden inspirarnos a nosotros al programar nuestras clases. Cuando las iniciamos con un dato provocador o un problema cotidiano y ellos tienen que bus- car respuestas, estamos activando su atención y su memoria. Y hoy sabemos que es mejor enseñar con premios que con castigos, porque la recompensa activa el hipocampo, que sirve para almacenar y evocar recuerdos. Por el contrario, el estrés genera cortisol, que perjudica el funcionamiento del hipocampo. Esa es la razón por la que los programas de inteligencia emocional, aunque tienen otros objetivos, pueden mejorar el rendimiento. Porque si las emociones están bloqueadas los niños no aprenden.

domingo, 25 de septiembre de 2016


Cuadernos de Pedagogía, No 470, 1 de sep. de 2016, Editar Wolters Kluwer
DESDE MI SITIO
Máscaras en mi aula
Eugenia Jiménez Gallego Orientadora de Secundaria
y profesora de Educación Emocional.

http://esistemica.blogspot.com.es

Empieza el curso y los alumnos y alumnas afrontan otra vez el reto de moverse en su grupo de iguales. Socializarse es uno de los aprendizajes más importantes y que más incide en el rendimiento escolar, porque un año tras otro observo cómo los mecanismos de defensa que utilizan muchos chicos y chicas consumen la mayor parte de la energía que necesitan para aprender. Se dedican a mostrarse peligrosos antes que vulnerables; mejor vagos que torpes; payasos que tristes.
Por eso les planteo una actividad sobre las máscaras. Deben dibujar una careta con la expresión que suelen llevar puesta en el centro: la diversión, la rabia, la indiferencia. Y por detrás describen las emociones reales que ocultan tras esa fachada: las tristezas y los miedos, el resentimiento o la angustia. Cuando toman conciencia de este mecanismo que usan de forma inconsciente, empiezan a mirar su realidad de otra manera. “Profesora: esta semana me estoy quitando la máscara. En mi barrio y en el recreo la tengo que llevar, pero en esta clase puedo dejarla”. Ellos me han enseñado que las máscaras son necesarias en algunos contextos, porque primero hay que sobrevivir. Y por su parte han entendido que “la máscara oculta tus problemas, pero no te ayuda a solucionarlos”. Los docentes podemos ayudarles a desenmascararse en el aula, con actividades de tutoría de conocimiento, de cohesión del grupo, de autoestima. Además, a mí me gusta hacer una ronda al inicio de la clase en la que comparten con el grupo “buenas noticias”: exámenes que han ido bien, pequeños retos que han superado... Momento que aprovecho para reforzar públicamente cualquier avance, para que sientan su yo real más valioso que cualquier disfraz. Y sobre todo, les ayuda a que nosotros nos relacionemos con ellos a cara descubierta.
Solo cuando creamos en clase un clima de confianza y seguridad pueden dejar de mirarse con recelo y volverse a mirar hacia la pizarra.




SEPTIEMBRE 2016470CUADERNOS DE PEDAGOGÍA11

miércoles, 6 de julio de 2016

Lo relevante



Con el fin de curso ni siquiera he encontrado tiempo para volcar aquí la publicación de Cuadernos de Pedagogía. Ahora quiero compartirla con vosotros. En julio no hay Historias Mínimas, así que nos reencontraremos con estas reflexiones en septiembre...

Cuadernos de Pedagogía, No 468, 1 de jun. de 2016
Me sacude la sensación de que en nuestras escuelas no nos estamos centrando en los aprendizajes más importantes para nuestros niños y niñas. Cualquier tribu indígena lo tiene mucho más claro: forma a sus criaturas para sobrevivir en su entorno. Y nosotros, que pretendíamos no solo que se adaptaran sino que incluso fueran críticos e innovadores, quizá no conseguimos ni lo primero. Nuestros adolescentes necesitan entender su mundo: usar la tecnología y las redes sociales a su favor y no en su contra, expresar sus ideas para comunicarlas eficazmente, el origen del terrorismo o los partidos políticos actuales, interpretar críticamente las estadísticas con que intentan manipularlos desde los telediarios, manejar su rabia y su tristeza... Sin embargo, seis horas todos los días los bombardeamos con mucho más siglo XVI que XXI,
con tantos nombres impronunciables de partes del cuerpo de otros bichos, mientras no saben manejar el suyo propio; demasiadas raíces cuadradas y pretérito pluscuamperfecto. A los profesores, especialistas cada uno en nuestra materia, nos cuesta a veces entender que ellos no se motiven a aprender contenidos que a nosotros nos parecen tan interesantes... Resultan atractivos para los que se inclinan por ese campo profesional, que serán los estudiantes que les darán uso. Los demás se apresurarán a olvidarlos.
Y a la vez, me sorprende constatar que la normativa, aun la que consideramos más conservadora, es siempre más abierta y estimulante que los libros de texto. Que ni siquiera el último Real Decreto de enseñanza especifica autores ni obras ni apenas hechos concretos que se deban estudiar, que incluso los “estándares de aprendizaje evaluables” son más razonables que los libros de texto. Libros en los que cada vez encuentro más definiciones y clasificaciones y menos significado.
Quizá la pregunta relevante para nosotros sería: ¿les estamos enseñando lo que necesitan?

domingo, 10 de abril de 2016

Ese silencio

Una vez más necesito expresar situaciones que viven los niños a mi alrededor y que me sacuden el alma. Ojalá sirva para mirarlos mejor.



http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/2260088/ese/silencio.html

lunes, 4 de abril de 2016

No es suficiente

Ya conocéis mis ideas sobre el acoso escolar. En este caso he tratado el tema con una redacción algo diferente, porque va dirigido a profesores que se van a encontrar este problema en el aula. 
Cuadernos de Pedagogía, No 466, 1 de abr. de 2016, Editar Wolters Kluwer
DESDE MI SITIO
Las campañas de sensibilización hacia el alumnado que sufre acoso escolar han conseguido visibilizar su sufrimiento y movilizar a la comunidad educativa. Y más aún que estas campañas, los casos con final trágico que nos han golpeado desde los medios. Ahora tenemos protocolos de de- tección e intervención, endurecemos las medidas contra los agresores, planteamos actividades de tutoría sobre el tema. Todo ello era imprescindible en unos espacios en los que los alumnos tienen que sentirse tranquilos para poder aprender, y no podemos bajar la guardia. Pero no es suficiente. Somos la escuela, el lugar que intenta prepararlos para la vida. Y la vida es conflicto también. Además de todo lo avanzado para proteger, tenemos la responsabilidad de educar la competencia social, tan clave como las otras.
Y eso incluye que diferencien lo que es acoso y lo que no, y qué hacer en cada caso. El acoso implica intención, repetición en el tiempo y desequilibrio claro de poder, pero hoy cualquier conflicto entre menores se etiqueta por igual y se intenta resolver con sanciones, que son necesarias pero in- suficientes. Los jóvenes tienen que aprender a afrontar los desencuentros con los compañeros: ignorar unas veces, confrontarse otras, unirse a los semejantes para no resultar vulnerables. Los que van de duros también tienen que aprender a sentirse seguros sin necesidad de atemorizar a otros. Y las alumnas y alumnos espectadores han de concienciarse de que su silencio implica complicidad, no es gratuito.

Eduquemos para el conflicto, para las luchas de poder de cualquier manada. No podemos colaborar en la indefensión de unos alumnos que, a base de no tener más recurso que la denuncia, terminan sintiéndose víctimas en cualquier parte. Un protocolo de acoso no debe terminar sin más en una ex- pulsión o en un cambio de centro, necesita también medidas educativas para mejorar las opciones de futuro de todos los niños y niñas.

lunes, 22 de febrero de 2016

Por no repetir la historia. ¿Qué está pasando con el acoso escolar?


Sé que mi punto de vista puede resultar controvertido, pero tengo que contar lo que estoy viviendo cada semana en mi centro. La consecuencias de convertir en acoso todos los conflictos y de ver a nuestros hijos como víctimas. Creo que merecen algo mejor.



http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/2224649/por/no/repetir/la/historia.html

viernes, 5 de febrero de 2016

Cuadernos de Pedagogía, No 464, 1 de feb. de 2016, Editar Wolters Kluwer

DESDE MI SITIO
La importancia de escuchar
Eugenia Jiménez Gallego Orientadora de Secundaria y profesora de Educación Emocional.
http://esistemica.blogspot.com.es
Los profesores estamos acostumbrados a hablar: explicar, dar instrucciones, responder dudas, poner ejemplos. Y creo que nos hace falta escuchar mucho más, mucho mejor. Yo, al menos, he aprendido muchísimo desde que les doy a mis alumnos espacio y tiempo para que ellos tomen la palabra. Y entonces ellos han aprendido más. Tutores y orientadores tenemos frecuentes entrevistas con alumnado y familias donde esta habilidad me parece fundamental. Porque si nos descuidamos, nos encontraremos una y otra vez sermoneándoles. Y he descubierto que los demás no son sordos, sino resistentes a llevar sus vidas como otros les marcan. Por eso ahora siempre pregunto en primer lugar: ¿cómo llevas esta situación?, ¿qué es lo que tú quieres?, ¿qué necesitas? Primero necesito entender cómo lo viven y ellos necesitan sentir que a alguien le
importa su opinión. Solo después los puedo confrontar con lo que sienten y necesitan los demás, o con las consecuencias para su futuro. Y los acuerdos a los que finalmente lleguemos tienen que partir de estas dos visiones que hemos cruzado.
Cuando se trata de una asignatura, también siento que escucharlos es necesario. En las clases de Educación Emocional y en tutoría empezamos siempre con una ronda en la que cuentan cómo vienen hoy, y a partir de ahí a veces empezamos la actividad prevista y otras veces tratamos los temas realmente importantes, como la muerte o la familia o la motivación o los conflictos. Incluso en asignaturas de programa más rígido he aprendido a prestar atención a lo que les mueve para poder conectar los contenidos con su vida. Cuando partimos de sus ideas previas, cuando discuten algo en equipo para llegar a una solución común, cuando diseñan un proyecto que surge de lo que quieren investigar, entonces el aprendizaje está vivo, sus cerebros se mueven.
Pido al profesorado un minuto de silencio. O varios. Por nuestros alumnos.


A los compañeros/as orientadores/as quería deciros también que el tema del mes de la revista de febrero es la Orientación educativa. En una entrada anterior de este blog ya expliqué cómo acceder a la revista digital de forma gratuita desde nuestros centros. Por si os interesa...

viernes, 15 de enero de 2016

Cuadernos de Pedagogía, No 463, 1 de ene. de 2016, Editar Wolters Kluwer
DESDE MI SITIO
¿Por qué este título?
Eugenia Jiménez Gallego Orientadora de Secundaria
y profesora de Educación Emocional.
http://esistemica.blogspot.com.es
El título de mi columna no podía ser otro. Y es que esa frase resume lo más importante que he aprendido en los últimos años. Solo puedo ser útil al alumnado desde mi sitio, respetan- do los límites de la posición que ocupo en mi centro. Cuánto me cuesta. Cuánto nos cuesta a tantos docentes vocacionales.
Porque, llevados por nuestra necesidad de ayudar, cuando un chico nos cuenta sus problemas, lo adoptamos en nuestro corazón. Y entonces podemos salirnos del espacio de docentes y ocupar el de la familia. Justamente porque nos implicamos en nuestro trabajo, cuando citamos a sus padres podemos terminar dándoles lecciones sobre cómo ejercer su paternidad. Porque amamos la enseñanza, cuando otros compañeros no siguen nuestra línea de trabajo podemos embarcarnos en una cruzada para cambiarlos, invadiendo su espacio. Al trabajar así es fácil que terminemos sintiéndonos agotados, frustrados, porque no conseguimos lo que pretendíamos. En lugar de avances es posible que generemos resistencias, y que nos rindamos a la idea de que los hijos seguirán siendo fieles a la ley de su familia, para bien o para mal. Sin embargo, desde mi puesto de docente puedo hacer muchas pequeñas grandes cosas. Llenar mis clases de significado. Prestar a mis estudiantes los apoyos que requieren en su aprendizaje. Como tutora también puedo llamar con frecuencia a sus padres para compartir con ellos las necesidades que expresan sus hijos, pero empatizando no solo con los menores, sino con la realidad de todo su sistema familiar. Derivar a otros profesionales si necesitan más ayuda. Y como compañera puedo compartir mis prácticas, así como sumarme a los proyectos colectivos, aunque no se correspondan con mi ideal.
La psicología y la pedagogía sistémicas me han enseñado que después de hacer lo que me toca solo me queda esperar lo que se haya movido en los otros, respetando sus decisiones. Desde ese sitio, recuperaremos energía y dulces sorpresas.